25 de abril de 2026

Occidente desata su ofensiva global: guerra híbrida, desorden internacional y decadencia imperial

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Por Gonzalo Armua

Gaza fue el punto de ruptura simbólico, Ucrania la prueba de elasticidad de la narrativa occidental, Irán el umbral de lo irreversible. En este nuevo ciclo bélico no estamos simplemente ante una sumatoria de conflictos regionales, sino frente a una ofensiva global proyectada por los núcleos de poder que se resisten a perder su primacía. Un orden internacional surgido post 2da Guerra Mundial, construido sobre la supremacía militar, la dolarización forzada y la colonización cultural (caída del muro de Berlín mediante), comienza a mostrar señales inequívocas de desgaste estructural. Una estrategia global que, en palabras del Papa Francisco, representa una «tercera guerra mundial en cuotas».  Tal vez a esa lectura acertada haya que agregarle un nuevo elemento: una aceleración exponencial en cuanto a cantidad y calidad de los conflictos.

El concepto de «guerra mundial híbrida y fragmentada» define esta nueva fase del conflicto geopolítico global. En esta guerra híbrida, el uso de armas cinéticas coexiste con la desinformación, las sanciones económicas con el aislamiento diplomático, y los bombardeos con los embargos financieros. No se trata de una guerra convencional entre dos o más potencias alineadas en alianzas formales, sino de un conjunto articulado de ofensivas militares, guerras por interposición, bloqueos económicos, guerras cognitivas, intervenciones diplomáticas, sabotajes tecnológicos y operaciones mediáticas, desplegadas en distintos puntos del planeta y dirigidas contra aquellos actores que desafían la hegemonía occidental.

El conflicto como fenómeno “regional” resulta insostenible a la luz de los patrones estratégicos que se repiten: desestabilización de Estados soberanos, intervención encubierta mediante terceros actores, manipulación de organismos internacionales, ofensiva mediática con eje en derechos humanos sólo cuando conviene a los intereses del Atlántico Norte. En Ucrania, Gaza, Yemen, Siria, Irán o Haití se repite el mismo guion, el mismo que justificó la invasión a Irak con mentiras sobre la existencia de armas químicas o la intervención en Libia con la excusa de una resolución humanitaria que terminó con el asesinato televisado de Gadafi.

En esta fase declinante del viejo orden mundial los relatos y las acciones se tornan más erráticas, violentas y peligrosas. Se trata del desplazamiento de un orden hipócrita hacia un nuevo orden “gore”. Lo que está en juego no es solamente un reposicionamiento estratégico, sino el futuro del sistema internacional. Occidente, liderado por Estados Unidos, secundado por la OTAN e Israel, ve amenazado su capacidad de definir las reglas del juego global, de controlar el flujo de recursos y de imponer su narrativa como discurso único. Frente a la emergencia de un orden multipolar que no reconoce su supremacía, su reacción es la guerra: una guerra que ya no puede librarse con la legitimidad del siglo XX, sino mediante la acumulación de escenarios caóticos donde se neutralizan las voces disidentes, se destruyen las soberanías emergentes y se frena el avance de modelos alternativos de desarrollo, integración y gobernanza.

La guerra en Ucrania, lejos de ser un conflicto local por la «seguridad europea», ha funcionado como laboratorio de una estrategia de cerco y desgaste a Rusia, pero también como ensayo general de una confrontación futura con China. Las sanciones masivas, el aislamiento diplomático, el uso intensivo de inteligencia artificial y armamento automatizado, así como la propaganda de guerra en redes sociales, constituyen mecanismos que ya están siendo replicados en la confrontación con Pekín en el Mar del Sur de China, en Taiwán, y en las disputas tecnológicas por el acceso a microchips y minerales estratégicos.

En este marco, China aparece como el objetivo final. Un país que, sin haber intervenido militarmente en ninguna guerra reciente, sin imponer su modelo por la fuerza, ha logrado articular una red global de alianzas comerciales, tecnológicas y financieras que disputan directamente la centralidad de Occidente. La Iniciativa de la Franja y la Ruta, el avance en sectores como telecomunicaciones, inteligencia artificial, biotecnología y energías limpias, así como la ampliación de los BRICS, constituyen expresiones concretas de esta reconfiguración del orden mundial. Para un Occidente en declive, este avance es un peligro que no puede ser tolerado.

La ofensiva israelí-estadounidense contra Irán es una muestra de esta arquitectura de guerra híbrida y constituye una de las expresiones más peligrosas de la actual escalada bélica global. Los ataques selectivos contra líderes militares y científicos iraníes, la promoción de operaciones encubiertas en territorio iraní, y las maniobras diplomáticas que buscan aislar a Teherán del sistema internacional, revelan la voluntad de ambos Estados de impedir por todos los medios la consolidación de Irán como actor regional con capacidad militar disuasiva. El riesgo de una confrontación directa, que podría extenderse al Golfo Pérsico y poner en jaque el suministro energético global, forma parte de la estrategia de Occidente que está dispuesto a desatar una crisis sistémica con tal de evitar una transición ordenada hacia un mundo multipolar.

Pero si se quiere examinar lo que sucede en las propias entrañas de monstruo, los recientes bombardeos de Estados Unidos a Irán han profundizado las grietas en la elite estadounidense. A diferencia de lo que sucedió con Bush y la invasión a Afganistán e Irak, no hay acuerdo interno para una nueva ofensiva bélica imperial. Voceros de importancia como Steve Bannon o Tucker Carlson se han mostrado en completa oposición a la intromisión del gobierno de Trump en el conflicto entre Irán e Israel. En esta guerra Israel defiende sus intereses y la participación de Estados Unidos no solo no le trae ningún beneficio, sino que además perjudica la economía del pueblo estadounidense.

El resquebrajamiento del orden internacional no se produce como un colapso inmediato y homogéneo, sino como una fragmentación geoestratégica y normativa en distintas velocidades. Las instituciones que durante décadas funcionaron como espacios de negociación, el Consejo de Seguridad de la ONU, la Organización Mundial del Comercio, incluso el propio sistema de Bretton Woods, hoy están atravesadas por bloqueos, desconfianza y disputas de legitimidad. La ofensiva militar contra Irán, aunque todavía limitada en su despliegue, debe leerse como parte integral de este proceso. La posibilidad de una acción directa contra Irán, país clave en el equilibrio energético, político y religioso de Asia Occidental, pone en riesgo la estabilidad regional y puede desencadenar consecuencias globales de enorme envergadura: la posibilidad del cierre del Estrecho de Ormuz provocaría un colapso en el suministro mundial de petróleo, y profundizaría la crisis económica internacional que ya muestra signos de recesión, inflación y sobreendeudamiento.

Este accionar no puede separarse de las dinámicas internas de los propios centros imperiales. La crisis de legitimidad del sistema político estadounidense, con la elección presidencial como resultado del ascenso de expresiones neofascistas y la pérdida de consenso en torno al papel de Estados Unidos en el mundo, condiciona la política exterior. La alternancia entre Biden y Trump no modificó la lógica estructural: se trata de un Estado que necesita afirmar su hegemonía a través de la violencia, porque ha perdido capacidad de liderazgo moral y económico. La doctrina Monroe se proyecta hoy a escala planetaria, pero sin los recursos que en otros tiempos le permitían sostenerse como gendarme mundial.

En este contexto, las instituciones multilaterales se han mostrado incapaces de frenar la escalada. El Consejo de Seguridad de la ONU está bloqueado por la pugna entre potencias. La Corte Penal Internacional es utilizada selectivamente. La OMC ha sido desplazada por guerras comerciales unilaterales. Y los foros de cooperación como el G20 se han convertido en espacios de tensión antes que de concertación. Es el colapso por fragmentación del orden liberal internacional, un sistema que ya no logra representar a la mayoría de los países y que, al verse desbordado por la historia, recurre a su último recurso: la violencia.

El campo de disputa no es entre “autocracias” y “democracias”, como insiste en repetir la maquinaria mediática occidental, sino entre un modelo civilizatorio basado en la subordinación, el extractivismo y la imposición bélica, y otro que, con todas sus contradicciones y límites, se organiza en torno a principios de soberanía, multipolaridad, diálogo intercultural y defensa del derecho de los pueblos a definir su destino. El dilema es ético y político. Como decía Fanon: “cada generación debe, en una relativa oscuridad, descubrir su misión, cumplirla o traicionarla”.

Desde América Latina; donde también asistimos al avance del autoritarismo neoliberal, al retorno de los dispositivos de intervención y a la ofensiva cultural sobre nuestros pueblos no necesitamos imperios que nos defiendan a bombazos, sino pueblos que se reconozcan, se escuchen y construyan acuerdos desde la justicia, no desde la imposición. Pero a gobernantes como Milei, encantados con la servidumbre voluntaria, no parece importarle demasiado los intereses de la patria ni de la región. Milei quiere jugar a G.I. Joe en un campo minado.

El Papa Francisco lo ha advertido con claridad en múltiples ocasiones: el mundo atraviesa una guerra global en cuotas, en la que los pueblos pagan con su sangre, su tierra y su futuro las disputas de las grandes potencias. Pero ese diagnóstico no puede convertirse en resignación.  No se trata de aplaudir a otras potencias, sino de afirmar con claridad que no queremos vivir en un mundo donde la paz sea incompatible con la justicia, ni en un sistema donde la dignidad de las naciones esté subordinada a los intereses de los grandes accionistas del complejo militar-financiero global.

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