La reelección de Milei, ese castillo de naipes
Dos fotos, dos puestas en escenas, fueron los highlights de esta semana para el gobierno, que intenta dar vuelta la página del Adornigate para concentrarse en sus planes de reelección.
Una, la conferencia de Luis Caputo del lunes: allí el ministro anunció que tiene garantizado el financiamiento para hacer frente a los enormes compromisos de deuda por delante. La otra fue, en Tucumán, el presidente rodeado por la mitad más uno de los gobernadores cuyos votos necesita para eliminar las primarias, un elemento clave si quiere reelegir.
La pregunta que corresponde hacerse es a quién le habla en cada caso, si descontamos que los inversores y grandes fondos conocen a la perfección los números del país y que los gobernadores, mientras negocian, no le niegan una foto a nadie. Lo que ocurrió se parece mucho a un viejo cuento del mundo de las finanzas.
Un hombre quiere asegurar el futuro de su hijo, para eso intenta casarlo con la heredera de una gran fortuna, su posible consuegro le pregunta por qué aceptaría el matrimonio, a lo que responde “porque es director de un importante banco de inversión”. El tipo sale de ahí, va al banco de inversión y propone a su hijo para el directorio. Ante la pregunta por los argumentos, responde que es el futuro marido de una rica heredera.
Milei tiene lo que el mundo anglosajón denomina un egg and chicken problem. Su principal carta para la reelección es su muy discutida estabilidad macroeconómica, basada en un tipo de cambio alto que destruye empleo, ingresos y consumo y un superávit fiscal que muchos consideran gasto diferido. Ese modelo tiene costos sociales elevados, que impactan en su imagen y sus chances electorales. Lo que se preguntan los inversores es justamente eso, si habrá una vuelta más de negocios financieros en Argentina o es un buen momento para desarmar posiciones y cubrirse del riesgo electoral.
Hoy sus apoyos están, según quién mida, entre 30 y 35 puntos, siempre debajo del 40. La consecuencia obvia es que perdería un balotaje, prácticamente contra cualquier rival. Su única opción, entonces, es ganar en primera vuelta. La ley electoral argentina impone una de dos condiciones para que ello ocurra: 40 puntos totales o más de diez de diferencia respecto del segundo. Lo primero luce prácticamente imposible.
Para lo segundo, es necesario dividir al peronismo, la principal fuerza de oposición. Hoy se encuentra prácticamente roto y necesita de las primarias como elemento ordenador. Para eliminarlas, Milei necesita construir una mayoría legislativa que hoy no tiene.
Como el personaje del cuento, Milei construye mentiras cruzadas. La conferencia del ministro de Economía del lunes iba dirigida a la política local. “No habrá corrida cambiaria, crisis de deuda ni turbulencia de ningún tipo, tengo todo allanado hacia 2027. Súbanse ahora que hay tickets”, ese era el subtexto. A la inversa. La foto de Tucumán intentaba construir confianza entre los tenedores de bonos: “Tengo todo el apoyo político que necesito para reelegir. No vendan”.
Lo que propone Milei está más o menos a la vista, aunque ahora le surgió un problema adicional, que expone la fragilidad de su planteo. Volvió la guerra a Ormuz y lo más esperable es que suban el petróleo y las tasas de interés y las chances electorales de Trump en las mid terms caigan aún más. En síntesis, se trata de un castillo de naipes que por ahora, y solamente por ahora, se mantiene en pie. La otra pregunta relevante es cuándo mostrará sus cartas la oposición.