17 de enero de 2026

EL PESO DE LAS MARIPOSAS

mivch


Por Rolando Pérez

“El peso de las mariposas” es la primera novela de la guionista argentina Fernanda Riveros. En general, los escritores y escritoras que escriben guiones tienen un sentido muy fuerte de lo que significa la construcción de una trama, es decir, de la serie de acciones que deben ir escalando en el desarrollo de una historia para lograr un impacto emocional en el espectador, para tenerlo como se dice, viendo la historia en el borde de la silla. En “El peso de las mariposas”, Riveros se desentiende de este aspecto, se rebela de la intriga, de los golpes de efecto, de muchos recursos que constituyen el arsenal de los guionistas. Y la novela gana con esto, sin dudas, pues se vuelve literatura. Su juego consiste en construir escenas de una riqueza particular, extremadamente delicadas, con sutilezas de haiku.

Aparentemente, el tema es uno muy explorado por la televisión de los últimos años: la acumulación compulsiva. Pero, en vez de diseccionar los pequeños avances en la resolución del síndrome, esto es, la lucha por conservar los trastos y la basura, el vencimiento de la angustia, el progresivo vaciamiento de los espacios, la novela hace otra cosa; se propone como una exploración del pasado, como la lenta construcción de un entendimiento. La narradora asiste, y nos revela, el vínculo que unen a su esposo y su tía en un juego de faltas y suplencias, de cuidados cotidianos y rescates solidarios. La falta y la maternidad, la responsabilidad por aquellos seres que fueron sostén de nuestras identidades, la puesta en valor de los lazos que nos sostienen como seres humanos, y el equilibrio siempre inestable de la vida amenazada por la enfermedad y el envejecimiento se exploran con escenas escritas en un lenguaje transparente, casi diríamos seco. Pero es que en una novela que trata sobre la acumulación, parece inevitable instrumentar una gramática totalmente opuesta. Las oraciones de Riveros se encadenan con una sencillez y una precisión de periodista. Sin embargo, su arte, sensible y sutil, radica en el manejo de las situaciones y las imágenes, en el sabio encadenamiento de los matices. Por ejemplo, en un pasaje memorable de la novela vemos a la tía Delia y a su sobrino tirados en el piso del departamento como si ambos disfrutaran de un picnic interior, de un momento de paz y tranquilidad, una íntima y disfrutable comunión con el entorno. Algo que, precisamente, es casi lo opuesto a lo que verdaderamente está sucediendo. Esa forma de presentar lo narrado, ese cuidado por conducir los hechos sin estridencias ni reclamos hace de la novela más que una experiencia de lectura, una meditación sobre lo esencial de la vida.


En una de las mejores películas documentales de Werner Herzog, “Mi enemigo íntimo”, hacia el final vemos al enorme y molesto actor Klaus Kinski demorado en el juego con una mariposa en mitad de la selva. Y en un gesto irrepetible, realmente asombroso y completamente emotivo, se despide de la cámara y de nosotros, ofreciéndonos a modo de saludo su mano extendida y en uno de los dedos, el índice, posada y aleteando vigorosamente, la mariposa blanca. Es un doble cierre o doble despedida, termina la película y se acaba la vida de Kinski. Algo de ese inolvidable final se puede sentir con la última frase de la hermosa novela de Fernanda Riveros. Algo de esa misma sensibilidad, de esa misma belleza.

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